INTERVIEWS

Albert Cañigueral y el consumo colaborativo

20 May , 2014  

Texto: Arturo Nicolás

Para qué negarlo: en Reseteando nos pone mucho el consumo colaborativo. De hecho, cuando empezamos a madurar la idea de montar un blog especializado en innovación social tuvimos claro que la economía colaborativa sería un peso pesado en la cartera de temas a tratar. También tuvimos muy claro otro detalle: tarde o temprano habría que entrevistar a Albert Cañigueral. ¿Motivo? Estamos hablando de uno de los principales actores e impulsores de la economía colaborativa en España. Es, además, fundador y principal editor de la recomendadísima web consumocolaborativo.com y conector desde Barcelona.

Dicho y hecho. Una vez nos metemos en faena, la charla con Albert va de menos a más. Desde lo básico –qué, por qué, cómo– hacia los sueños e hipótesis que plantea un nuevo enfoque socioecómico en el funcionamiento de nuestra sociedad. La sensación es de estar viendo solo la punta del iceberg, pero Albert prefiere ir con calma, huyendo del fanatismo tecnológico. Partido a partido, que diría el Cholo Simeone.

Una cosa está clara: al margen del ahorro económico que supone, la economía colaborativa es un estilo de vida basado en la comunidad como grupo de referencia, en el empowerment de los individuos y en la sostenibilidad como ejes de actuación. Estas son las ideas que flotan en el ambiente durante la entrevista que le hemos hecho a Albert. Y ahora es toda vuestra, amigas/os.

Arturo Nicolás: Para contextualizar: ¿Qué es el consumo colaborativo o economía colaborativa?

Albert Cañigueral: Nosotros hablamos de consumo colaborativo como lo que se ha hecho toda la vida con amigos y familiares, gente del trabajo, etc., nos vamos el fin de semana al monte y vamos todos en el mismo coche para ahorrar, o déjame 100 euros que te los devuelvo a la semana que viene, o pásame la ropa de los niños, todo este tipo de ejemplos que siempre se han hecho a pequeña escala, ahora gracias a la tecnología y a las redes sociales está tomando una dimensión y una escala que antes era inimaginable.

Esta misma tecnología nos permite agregar la oferta y la demanda de una manera muy sencilla y también la generación de confianza, ya que al tener mayor escala vamos a tener gente que no se conoce: no hay que confianza, así que hay que generarla a través de la tecnología.

A.N.: ¿Cómo conociste el universo del consumo colaborativo?

A.C.: Bueno, fue un poco leyendo el libro de Rachel Botsman, que supongo que habrás visto la referencia en algún sitio del What’s mine is yours, lo leí casi cuando lo acababan de publicar. No recuerdo ni cómo cayó en mis manos, bueno sí, de hecho fue en digital, lo compré en Amazon. Me interesó el tema, vi que no había nadie hablando de esto en castellano -estoy hablando de hace casi tres años- y me animé un poco a empezar a divulgar este tipo de cosas en lengua catalana y castellana al principio, ahora ya no tengo tiempo de hacerlo en catalán. Así fue como empecé, de hecho salió una especie de beca para un tema de modelos socioeconómicos alternativos aquí en Barcelona, con una gente que se llama Nova . No gané, pero aquello fue un poco lo que me motivó a empezar a escribir y a documentar en castellano. Generé un documento de 20 páginas que no ganó, pero fue el inicio, el germen del blog en este caso.

Rachel Botsman, autora de What's mine is yours, el texto de referencia del consumo colaborativo.

Rachel Botsman, autora de What’s mine is yours, el texto de referencia en materia de consumo colaborativo. Foto: OuiShare, Stefano Borghi.

A.N.: Una de las ideas que extraemos del consumo colaborativo es aquella de que el acceso es mejor que la posesión.

A.C.: Sí, es una de las maneras rápidas de explicar las ideas de consumo colaborativo. No lo engloba todo, pero es la manera fácil de empezar a explicar y entender todo esto. Por ejemplo los sistemas de bicicleta compartida de muchas ciudades españolas: ¿para qué necesito poseer una bicicleta si la voy a usar de vez en cuando? Pues la uso y la comparto con el resto de los ciudadanos. O los sistemas de carsharing, también en muchas ciudades.

A.N.: Por cierto, te pillamos recién llegado del OuiShare Fest ’14, la segunda edición del mayor evento a nivel mundial sobre economía colaborativa, celebrado en París. El line up de ponentes en las diversas conferencias fue realmente galáctico: Rachel Botsman, Lisa Gansky, Natalie Foster o Neal Gorenflo, entre otras/os. ¿Qué tal la experiencia?

A.C.: Fue un encuentro único y espectacular a nivel de la calidad de la gente que había de todo el mundo, como tú comentabas Rachel Botsman, Lisa Gansky, Arun Sundararajan, la propia gente de OuiShare como Antonin Léonard y otra gente, que realmente son -no nos gusta llamarlo así- la más visible de todo este movimiento. Probablemente fue la primera vez en la historia que se reunieron en un mismo espacio físico. Se han hecho reuniones en USA o en Europa, pero fue la primera reunión con gente de todo el mundo a este nivel. Y no solo por la parte de consumo, que es la más conocida, sino también por la parte de producción colaborativa, financias colaborativas y conocimiento abierto.

Neal Gorenflo, cofundador de Shareable, presenciando  junto a la multitud las conferencias del OuiShare Fest '14. FOTO: OuiShare, Stefano Borghi.

Neal Gorenflo, cofundador de Shareable, presenciando junto a la multitud las conferencias del OuiShare Fest ’14. Foto: OuiShare, Stefano Borghi.

A.N.: ¿Qué proyectos te han impresionado más en el fab lab del festival?

A.C.: No pude pasar mucho rato, pero sí que conocí los OpenStructures, un proyecto que estaba ahí y que es muy interesante. Y también las Open Source Beehives -colmenas inteligentes en código abierto-.

A.N.: Recientemente en consumocolaborativo.com hablabais de seis retos legales para la economía colaborativa en relación a fiscalidad y legislación laboral, entre otros asuntos. Hace poco también escuché algo en la línea de que si tienes algún/a amigo/a abogado/a, dile que se especialice en consumo colaborativo. ¿Problemas en el paraíso?

A.C.: Sí, hay retos. La semana pasada en Yorokobu salía un artículo de un amigo mío que se llama Javi Creus, que hablaba del ciudadano productor. Es decir, estamos viendo cómo los ciudadanos en el espacio digital hemos pasado a ser productores de una manera muy natural. Ahora cualquiera -entre comillas- puede tener su propio blog, su propio canal de Youtube o su propia radio. Esto ha creado tensiones o problemas en el terreno de los medios de comunicación, por ejemplo. Esta misma capacidad productiva es la que estamos ahora teniendo en el espacio del transporte, el alojamiento, la comida y la gente se está conectando directamente para resolver sus necesidades. Esto está creando tensiones y retos legales, fiscales y de todo tipo, tanto con instituciones –administraciones- como con empresas, que no estaban acostumbradas a tener este tipo de servicios a su alrededor.

Lo interesante a explicar es que nada de esto se crea para destruir lo que ya existe. La Wikipedia no se creó para destruir Encarta o la Enciclopedia Británica, se creó porque se podía crear en ese momento gracias a la tecnología. Es un poco lo que está ocurriendo: se está ofreciendo un abanico más amplio de opciones de consumo. Antes te diría solo o casi solo podía pensar en ir a un hotel o a un hostel; ahora puedo pensar en ir a un hotel, a un hostel, o a Airbnb o hacer un intercambio de casa, o trabajar a cambio de alojamiento como el woofing, o hacerlo de manera de gratuita con Couchsurfing. El abanico de opciones se está ampliando –en este caso hablo del alojamiento- y lo más interesante es que, a nivel cultural, la gente empieza a equilibrar o a poner al mismo nivel todas estas opciones: voy a usar una u otra según me convenga. Para un fin de semana romántico con mi pareja pues no me voy a ir con un Coachsurfing o a un woofing, porque estoy buscando otro tipo de cosas, para esos casos voy a seguir yendo a los hoteles.

El woofing, que consiste en la realización de trabajo voluntario en granjas ecológicas, es una de las prácticas más populares dentro del consumo colaborativo. FOTO: wwoof.net

El woofing, que consiste en la realización de trabajo voluntario en granjas ecológicas, es una de las prácticas más populares dentro del consumo colaborativo. Foto: wwoof.net

A.N.: Una de las conclusiones a las que llegamos una y otra vez al hablar de consumo colaborativo es que los seres humanos somos cooperativos. ¿Estamos volviendo a nuestras raíces? ¿estamos retrocediendo ante el hiperconsumismo?

Sí, nosotros siempre lo hemos dicho: los comportamientos que estamos viendo no son nada nuevo. Como tú comentabas, durante la época hiperconsumista nos hemos ido individualizando y pensábamos que el objetivo era acumular más cosas que el vecino. Ahora estas redes están reempoderando y reconectando a la gente.

Sobre todo yo creo también que hay un tema de confianza en la sociedad, es decir, antes durante décadas hemos confiado en grandes estructuras, grandes empresas, gobiernos, y ahora mismo con la crisis nos están decepcionando todos. Esta confianza, que es necesaria para que la sociedad funcione, la estamos redistribuyendo a través de estas plataformas, que se convierten en una infraestructura de redistribución de confianza entre personas. Es una manera de que la sociedad siga funcionando y, como tú dices, a la vez es un retorno a valores anteriores.

A.N.: Hace poco leía un artículo sobre mitos del consumo colaborativo que decía que de no existir el paraguas institucional que aporta la empresa, es probable que no se produjesen esas relaciones de confianza, porque casi nadie cree en la bondad intrínseca del ser humano. Hay quien dice que el boom de la economía colaborativa se debe más a cuestiones pragmáticas que éticas.

A.C.: La primera motivación para participar en estos servicios acostumbra a ser económica. Es decir, es una conveniencia, una ventaja básicamente a nivel económico: me voy a ahorrar dinero o voy a conseguir algo de dinero por prestar este servicio. La parte humana, la parte social, la parte de reconectar con tus conciudadanos viene a través de la experiencia, a través de la experimentación de estos servicios. Y yo creo que en la mayoría de casos, al menos mi experiencia personal, sí que es una cosa real. Evidentemente tener un contexto de empresa te da una seguridad extra, es como tener un seguro

Yo he tenido la suerte de poder viajar mucho en mi vida y te das cuenta que lo de las noticias no es real, que es ciencia ficción. Realmente vas a los países teóricamente peligrosos donde la gente debería odiarte o lo que sea y la gente es encantadora y por todas partes está más tranquilo que muchas veces el centro de Barcelona. Por tanto, apagar un poco la televisión y empezar a usar estos servicios hace que regeneres la confianza con tus conciudadanos, experiencia a experiencia, pero hay que desaprender bastantes cosas que hemos aprendido.

A.N.: Una de las experiencias de consumo colaborativo ya instaladas en nuestra sociedad es el fenómeno coworking. Incluso empezamos a verlos no solo como una oficina o despacho físico, sino como espacios de inteligencia colectiva. Varios autores como John Moravec en Knowmad Society o Ronald van den Hoff en Society 3.0 hablan ya de un auténtico cambio de paradigma en el mercado laboral.

A.C.: Sí, la punta de lanza es Airbnb o Blablacar, pero te diría que hasta cierto punto son anecdóticos. El cambio cultural es mucho más profundo y afecta también el concepto incluso de trabajo de ocho horas, la organización del trabajo. Como somos una sociedad postindustrial organizada alrededor del trabajo, cuando alguien te pregunta quién eres te defines normalmente a través de lo que haces durante ocho horas al día. Esto está cambiando. Cada vez vamos a ver a la gente trabajando de otra manera, y para este nuevo tipo de trabajador, espacios como los coworkings son ideales. Yo trabajo en uno y me costaría volver a una oficina tradicional porque para mí representa muchas ventajas. Hay gente más experta que yo en el futuro del trabajo, pero sí que es un tema que en OuiShare va saliendo a menudo: cómo se va reinventando el trabajo en la sociedad, no solo por el consumo colaborativo, sino en general, por el nivel de eficiencia al que estamos llegando, donde realmente no es necesario que todo el mundo esté trabajando ocho horas. De hecho hay muchos trabajos en donde la gente está sentada ocho horas sin hacer nada, es un poco absurdo. Por tanto deberíamos repensar, replantear la pregunta: no cómo tener ocupado a todo el mundo ocho horas, sino buscar otro tipo de pregunta: cómo podemos hacer que la gente trabaje menos y la sociedad funcione igual.

A.N.: Cuando todavía nos estamos acostumbrado a la tecnología smartphone aparece la impresión 3D. ¿Podemos hacernos una idea de la revolución maker que se nos viene encima?

A.C.: Yo intento ser un poco precavido con esto porque aunque soy ingeniero no me gusta el fanatismo tecnológico –del que alguna vez he pecado-. Una vez en una presentación hablaban de una impresora 3D como cuando apareció el horno microondas en los años 50, 40 -cuando fuera, tendría que buscarlo-. Se hablaba de que el horno microondas va a revolucionarlo todo, y bueno, los hornos microondas sirven para lo que sirven, pero no sirven para todo.

A fecha de hoy, al nivel tecnológico que existe, a nivel doméstico o pequeños espacios de coworking o makers, las impresoras 3D sirven sobre todo para un prototipado. Si estás pensando en un espacio industrial, las impresoras 3D aún no están ahí y de hecho creo que tardarán unos años. Pero sí que sirve para prototipar de manera muy rápida, para experimentar, para arreglos –tengo algún amigo que ha arreglado su ducha imprimiendo la pieza 3D que se le había roto-. Ahí estamos empezando a ver la evolución y sobre todo que la gente pueda hacer pequeñas tiradas, pequeños experimentos. Es un poco como antes, que era muy complicado hacer vídeo. Tenías que tener un betacam, era muy complicado, tenías equipos muy gordos, cosas muy raras, y ahora cualquiera te hace un vídeo con un iPhone y con un programa de edición de software libre.

Estamos en esta evolución, pero no creo que estemos a ese nivel aún, estamos al principio de toda esta revolución. Realmente tiene un potencial enorme y va a cambiar el nivel de productividad de las ciudades: vamos a volver a tener ciudades productivas gracias a las impresoras 3D.

En la imagen, una impresora 3D funcionando en pleno OuiShare Fest '14. FOTO: OuiShare

En la imagen, una impresora 3D funcionando en pleno OuiShare Fest ’14. Foto: OuiShare

A.N.: Con una mirada social, ¿podríamos imaginarnos que las impresoras 3D pudieran servir para fabricar viviendas a bajo coste en países en vías de desarrollo?

A.C.: De hecho si buscas, hay unos chinos que están fabricando casas en cuestión de días. La misma WikiHouse no trabaja a nivel impresoras 3D, trabaja a nivel de cortadoras láser. Nosotros hablamos de fabricación digital, que no se limita solo a impresoras 3D, estamos hablando de cortadoras láser, de fresadoras, de máquinas de control numérico, un conjunto de herramientas que permiten la fabricación. En WikiHouse, los diseños que te descargas o el open module que te comentaba funciona a través de cortadoras láser sobre todo. En el OuiShare Fest estuvimos montando muebles, las sillas en las que nos sentamos las fabricamos allí mismo. Esto, combinado con el trabajo que está haciendo Un techo para mi país –WikiHouse está trabajando con ellos- tiene mucho potencial evidentemente.

A.N.: Hablemos de los Fab Labs -acrónimo de Fabrication Laboratory-: ¿en qué consisten? Parece que las ciudades se postulan como ecosistemas perfectos para el consumo colaborativo, pasando a ser denominadas shareable cities. ¿Estamos en un camino desde los Fab Labs hacia Fab Cities?

A.C.: Por un lado está el concepto de Fab Lab, que como su nombre indica son laboratorios de fabricación. Salió del Massachussets Institute of Technology (MIT) y se expandió por todo el mundo. Barcelona es uno de los centros neurálgicos más importantes, tiene uno de los Fab Labs más antiguos y va a celebrar el décimo aniversario mundial de los Fab Labs el próximo mes de julio, podéis ver la web fabdiez.org. Los Fab Labs son una red mundial de espacios donde hay herramientas, pero sobre todo hay personas, hay conexiones y hay comunidad. Es decir, es la gente que está en la punta tecnológica, que está experimentando, que está creando fab academies enseñando a otra gente, pero es un espacio bastante formalizado, hay que cumplir unos ciertos requisitos a nivel de maquinaria, a nivel de cómo es el espacio. Luego hay espacios un poco más informales como los makerspaces o los hackerspaces, que van surgiendo de manera más espontánea a más pequeña escala, en Barcelona también hay varios.

En la imagen, el Fab Lab de Amsterdam. FOTO: Rory Hyde.

En la imagen, el Fab Lab de Amsterdam. Foto: Rory Hyde.

Lo interesante en Barcelona es Fab City, es decir, se está intentando tener un ateneu – un centro de fabricación local- en cada barrio para 2020 -de hecho ya existen tres o cuatro- para volver a reindustrializar la ciudad. Es un proceso que llevará su tiempo, pero es interesante volver a capacitar los barrios y los vecinos para volver a producir. Esto se enmarca en el contexto que comentabas de las shareable cities, donde básicamente todo esto de compartir información, datos, este tipo de actividades, funciona muy bien a una escala de 20 o 30 kilómetros a la redonda. Para muchos de esos intercambios es interesante tenerlos relativamente cercanos, por lo que la escala de una ciudad, una metrópolis, una pequeña megalópolis es una escala perfecta para todo esto.

Hay un concepto interesante del arquitecto jefe de Barcelona, Vicente Guallart. Él habla de la transformación de las ciudades PITOProduct In, Trash Out-, ciudades como las actuales donde lo que hacemos es importar productos del exterior y lo que generamos es basura que lanzamos al exterior también, por tanto la ciudad se convierte en productor de basura-, en ciudades DIDOData In, Data Out-, es decir, ciudades que lo único que intercambian con otras son datos -y gente evidentemente-. A nivel productivo son autosostenibles dentro de su propio ecosistema. Se generan inspiradas en el modelo de los monasterios de la época medieval, que eran como centros productivos de conocimiento y lo que hacían los monjes eran viajar de uno a otro. Ahora en vez de viajar los monjes, viaja la información a través de la red, que es un poco la visión de la ciudad futura y casi diría presente.

A.N.: Para terminar la entrevista y formular una conclusión que recoja todo lo dicho anteriormente: pregunta tras pregunta estamos viendo que, del individualismo que estamos viendo en la últimas décadas, el consumo colaborativo vuelve a centrar la acción en las comunidades.

A.C.: Sí, de hecho el lema del OuiShare Fest ’14 fue La era de las comunidades, porque realmente en todo este tipo de iniciativas se empodera al individuo, pero no de manera individual, sino dentro de una comunidad. Encuentras a gente que tiene estas mismas necesidades o intereses. Es muy fácil crear estas comunidades a nivel digital: la gente usa la velocidad digital pero luego hace cosas fuera del entorno digital. Se están reempoderando estas comunidades. Es bueno no sentirse solo, tienes que estar acompañado para este tipo de procesos de cambio personal y cultural, para ver que no estás loco básicamente (risas), para ver que hay más gente que está haciendo lo mismo que tú, y para eso es muy importante el resurgir de las comunidades. Y en una comunidad de un tamaño limitado es donde la gente puede expresarse bien, siempre tienes tus contextos donde puedes ser tú mismo.


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One Response

  1. Almudena dice:

    Maravillosa entrevista, soy una fan muy activa del consumo colaborativo y no me canso de conocer nuevas iniciativas ¡ ya estoy deseando leer la próxima!

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