OPINION

Consumo sostenible

4 Nov , 2014  

Texto: Jaume Fons | Fotografía de portada: Moyan Brenn

Todos coincidimos que, en un mercado libre, el consumo es un asunto propio de la esfera privada de cada persona. Esto es cierto, pero las decisiones que derivan del modelo de consumo individual tienen repercusiones a nivel local, regional e internacional.

Desde que el Desarrollo Sostenible naciera como concepto hace más de dos décadas, su vinculación con el mundo del consumo ha ido en paralelo al crecimiento económico reciente. No por ello ha sido criticada esta definición, al tener implícito el hecho que desarrollo tenga que ir de la mano de consumo.

Preguntados recientemente, un grupo de ciudadanos de diferentes países europeos expresaron su opinión acerca de diferentes temas relacionados con el consumo sostenible. Entre otros temas, sobre quién debería asumir la principal responsabilidad en la búsqueda de este tipo de consumo más responsable, el 66% dijo que es el ciudadano quién ha de liderar este cambio, seguido de los gobiernos y, después, del sector empresarial y la industria.

Por sí mismo, el consumo bien gestionado es capaz de hacer que iniciativas empresariales que supongan un beneficio para todos los eslabones de la cadena sean viables y se conviertan en alternativas reales para los consumidores. Por otra parte, las decisiones de los ciudadanos a la hora de elegir a sus representantes políticos hacen que determinados patrones de gestión prevalezcan frente a otros, por lo que la capacidad de influencia de la esfera pública en un asunto privado como el consumo también se verá influenciada por estos hechos. Y, por último, cabe poner de relieve el papel de las empresas en cuanto a la puesta en el mercado de soluciones que opten por el beneficio propio sin menospreciar el bien común, el respeto al medio ambiente o a las condiciones sociales de sus empleados.

He aquí el triángulo del cambio: ciudadanía, empresas y gobiernos. En este artículo trataré de conjugar de forma sencilla y accesible estos tres actores con tres enfoques diferentes, pero complementarios, sobre cómo potenciar modelos de consumo más sostenibles.

  1. Desmaterialización: crecimiento vs. consumo

Hay que ser realistas: consumir de forma sostenible no implica necesariamente consumir menos, sino consumir mejor. Sólo hay que atender a las perspectivas de crecimiento de la población mundial para entender que en las próximas décadas no va a haber menos gente consumiendo, si no al contrario. Por ello es necesaria una transición real hacia un consumo sostenible, con alternativas más responsables tanto en productos como en servicios.

Pensemos en el caso de la energía, por ejemplo: no sólo se trata de ser más eficientes, si no de sustituir la dependencia de combustibles fósiles por aquellas energías de origen renovable. No necesariamente se consumirá menos energía en los próximos años, pero sí ha de proceder de fuentes más limpias si queremos garantizar la sostenibilidad del sistema energético.

Una de las claves a la hora de hablar de consumo es la heterogeneidad de los propios consumidores. Hay quien está más interesado con los temas de Sosteniblidad, hay quién tiene otras prioridades. De igual forma, factores como el nivel educativo, las opciones de vida, las capacidades económicas o el lugar de residencia condicionan en gran manera cómo nos comportamos como consumidores y qué elecciones hacemos. Lo que sí parece constituir, cada vez más, un punto de común acuerdo es que o se logra que la sostenibilidad sea accesible para todos, o no será sostenible. Ante esta realidad, en la que determinados sectores del consumo sostenible parecen reservados para persona de alta capacidad adquisitiva, aparecen nuevos modelos de consumo que reducen el impacto por la adquisición de productos: el consumo colaborativo. Iniciativas de compra colectiva, de consumo colectivo a nivel local, el pago por uso en vez de por productos, el intercambio o las cooperativas de energía son ejemplos de nuevos modelos de relación en que los consumidores se convierten en agentes activos del cambio.

Al pensar en otros aspectos de la sostenibilidad, como el uso diario del transporte, se hace necesario hablar de las medidas que se deben implementar para que nuevos modelos y tecnologías más sostenibles permitan un cambio hacia transportes más sostenibles. Eso, y voluntad política, empresarial y ciudadana de que el cambio se produzca.

Sirva como un pequeño ejemplo lo que han hecho nuestros vecinos franceses: han aprobado un Plan Nacional de la Bicicleta que, entre otras medidas, subvencionará a través de las empresas que los trabajadores vayan pedaleando hasta el lugar de trabajo. Todas las medidas quieren, en último término, lograr equipar la bicicleta con el coche, y no sólo por cuestiones ambientales. Cuando se presentó este primer Plan, hace dos años, el propio Ministerio francés del Transporte estimó en un ahorro de 5.600 millones de euros en sanidad el uso de la bicicleta. Pero no sólo se tiene que potenciar el transporte privado y sostenible. El futuro pasa por crear unos sistemas de transporte colectivo bien planificados, que integren las tramas urbanas con las necesidades cambiantes en términos de movilidad de los ciudadanos y las empresas. Económicamente ha de ser una opción para todos los bolsillos. En otro orden de magnitud, las empresas deben innovar para lograr que el transporte de mercancías sea más sostenible también, de forma que el impacto y sus efectos sobre la contaminación y el Cambio Climático se reduzcan lo máximo posible.

  1. Economía circular: reeducación en la gestión de residuos

El consumo genera residuos, muchos de los cuales no se reciclan; constituyendo una mayor presión sobre el medio ambiente. En la actualidad, casi dos tercios de los residuos que los ciudadanos europeos generan acaban en las incineradoras o en los vertederos. No debería ser un problema si se gestiona este final de ciclo de forma correcta, pero existen múltiples opciones antes de decantarse por este final. De hecho, en la escala de la gestión de residuos, son el último peldaño. Por delante están las tres famosas “Rs”: Reducir, reutiliza y reciclar. Y no por más conocidas dejan de ser menos eficaces. La economía tradicional se apoyaba en la idea que los recursos del planeta son infinitos, o al menos, abundantes y fácilmente accesibles. La realidad es bien distinta y muestra que algunos recursos pueden acabarse de no avanzar hacia una economía más sostenible.

Uno de los principios de la estrategia Europa 2020 es hacer real un modelo de economía circular. Este modelo hace prevalecer la reutilización, la renovación y el reciclaje, incrementando la eficiencia de los recursos. Las tendencias van en esta línea con el objetivo de alcanzar el conocido como “Residuo 0”, paradigma de la economía circular. Un paradigma alcanzable si tenemos en cuenta que el mejor residuo es el que no se genera. La propia Comisión Europea ha querido animar este objetivo, cuantificando beneficios ambientales que comportaría este tipo de economía circular: un aumento de la eficiencia de los recursos podría traducirse en un incremento del 1% del PIB de la Unión Europea (UE) en el año 2030, capaz de generar 2 millones de empleos.

Hay aspectos concretos de la generación de residuos sobre los que es necesario poner el foco de atención, como el despilfarro alimenticio o la generación de residuos electrónicos.

En la UE, cada año, se desperdician 90 millones de toneladas de alimentos. Esta cifra no solo representa un mal gasto de comida, implica toda una serie de consumo de recursos desaprovechados (tierras de cultivos, gestión ganadera , industria alimentaria, etc.) que no ha sido utilizada de forma eficiente.

Por su parte, los residuos electrónicos suponen un gran desafío en materia ambiental. Pensemos en los componentes con los que están fabricados los teléfonos móviles: elementos electrónico, plásticos, minerales críticos, minerales de conflicto o baterías son elementos que están siendo introducidos en la cadena de valor del consumo y para los que todavía no se da una solución bien gestionada (al menos dentro de nuestras fronteras).

Y es que la gestión de los residuos es un problema global, pero del que todos somos parte. Diariamente toneladas de residuos que no se quieren gestionar en nuestros países occidentales son enviados a países en vías de desarrollo. Allí, el tratamiento y la gestión de los residuos aplican tecnologías que distan mucho de estar al mismo nivel que las tecnologías europeas que lo diseñaron o intervinieron en su fabricación. Aquí, los decisores políticos tienen la capacidad de intervenir, asesorados convenientemente a nivel técnico: se pueden prohibir ciertos materiales o componentes en los productos, de forma que el ciclo de vida completo del producto sea lo más sostenible posible. Y, en un sentido opuesto, se pueden impulsar medidas financieras que incentiven a aquellas empresas que adopten medidas para reducir el uso de materiales peligrosos, críticos o de conflicto.

  1. Evolucionar hacia modelos de consumo más sostenibles

La clave es la información. Proporcionar información real y accesible es una de las herramientas más poderosas para lograr modificar hábitos de consumo. El etiquetado suele aparecer como una forma eficaz de informar a los ciudadanos. Es directo y bien entendido, resulta rápido de asimilar; pero es difícil de aplicar y si la información es de mala calidad, puede generar confusiones y descrédito entre los ciudadanos.

En la esfera de la intervención pública, la evolución debe venir por dejar de aplicar medidas que actúan sobre el impacto del consumo y aplicarlas sobre el propio consumo. Dicho de otro modo, prevenir el daño antes de que ocurra. Y en esto, las decisiones políticas son clave. Un ejemplo: hace tiempo se venía incentivando el uso de bombillas eficientes, pero fue el 1 de Septiembre de 2012 cuando la UE prohibió la fabricación y comercialización de bombillas incandescentes tradicionales. En este caso, el incremento de la eficiencia en este aspecto energético ha venido a través de medidas políticas.

Pero no siempre los beneficios son tan directamente cuantificables. A pesar que el impacto del consumo se ha reducido en las últimas décadas (gracias, entre otros, a mejoras en los procesos de producción, la recogida selectiva o la eficiencia) los resultados globales muestran que no ha sido suficiente para contrarrestar el propio incremento del consumo. Los aparatos electrónicos o los electrodomésticos son cada vez más eficientes, pero cada vez se consumen y cambian con mayor facilidad. Desde 1998 a 2008, el gasto en electrodomésticos en la UE se incrementó un 30%. Son cifras anteriores a la crisis, pero determinan una pauta de comportamiento cuyas consecuencias se extienden hasta nuestros días.

Se trata de un tema, el consumo sostenible, capaz de generar muchos y enfrentados puntos de vista; básicamente porque se trata de un concepto que alberga diferentes disciplinas, que refleja diferentes problemáticas y para las cuales no se puede aplicar una única solución.

Como se observa, en algunos casos los cambios han sido inducidos por las propias inercias de los consumidores al modificar sus hábitos. En otros, las decisiones gubernamentales o empresariales hacen que el consumidor tenga que escoger entre unas opciones predeterminadas, más o menos sostenibles. Hay quienes están dispuestos a modificar su estilo de vida de forma voluntaria y otros optan por esperar a que el cambio lo impulsen otros. Sea como sea, cabe preguntarse qué cambios estamos dispuestos a aceptar y el precio que queremos pagar por ello.


Jaume Fons es ambientólogo en CIMAS.


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