OPINION

Nuevas energías para nuevas sociedades

15 May , 2014  

Texto y foto de portada: Diego López Barreiro | Versión en galego

Dejar a los hijos un mundo mejor. Ése sea tal vez uno de los lugares comunes más repetidos a lo largo de la Historia, sobre todo desde el famoso Informe Brundtland de 1987. Y tiene su parte de verdad. Aunque últimamente se apele más a esa frase como argumento para engañar a la gente, para justificar que haya que trabajar más años, que haya que recibir menos pensiones, menos servicios sociales… Nos dicen que el estado del bienestar tiene que hacerse “sostenible”. Podándolo. “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Ya sabéis, esas cosas.

Pues hoy también vamos a hablar de sostenibilidad. Pero de otro tipo. Probablemente no de la misma sostenibilidad de la que hablan ellos. De cómo, efectivamente, dejar un mundo mejor que el que hemos recibido, si es que eso es posible. Al menos, dejar un mundo no tan estropeado.

Y es que los problemas no tardarán en llegar. Se lleva diciendo décadas: el petróleo se va a acabar. Y estamos coronando en estos momento (año arriba, año abajo) el pico de Hubbert, su techo de producción. Bien, con la cantidad de conflictos y desgracias que el petróleo ha generado, su fin no debería contemplarse como un problema, sino como una bendición. Sobre todo si nos preparamos para él como es debido. En apenas 250 años hemos consumido la mitad más accesible y de mejor calidad de ese combustible. Ojo, tenemos un Leviatán peor, silencioso, esperando su turno: el fracking. Pero no corresponde hoy hablar de eso.

Otro tema al que tendremos que enfrentarnos, probablemente antes que al del fin del petróleo, es el fin del fósforo. Se estima que nos pueden quedar reservas para unos 30 años de fósforo. Bien, menudo problema, ¿no? Nadie habla de él, no parece algo tan preocupante. Y sin embargo lo es. Antes que consumir diésel en nuestro coche, tenemos que hacer algo más primordial: comer. Tenemos un mundo con una población que crece exponencialmente. Y esa población quiere comer, y para comer hay que fertilizar la tierra. Fósforo, nitrógeno, etc.

En definitiva, que se nos viene encima una tormenta perfecta. Qué pereza, ¿no? Pasar por un tiempo de crisis es un marrón que poca gente quiere comerse, sobre todo con la que está cayendo. Pero habrá que hacerlo, al fin y al cabo. ¿Y cómo lo hacemos? ¿Cómo nos enfrentamos al problema energético y demográfico? Muy sencillo (y muy difícil): recuperando soberanía. Supongo que sonará curioso: ¿cómo un concepto tan ligado al vocabulario político puede ser de utilidad en problemas de vertiente más tecnológica? Bueno, desengañaos: han pasado un par de milenios desde que Aristóteles definiese al ser humano como “animal político”. Y no parece que la cosa haya cambiado mucho desde entonces: somos política en tanto que somos, y así la política inunda todas las facetas de nuestra vida. Pero no os confundáis: hablamos de la política de verdad, como hecho consustancial al ser humano y su vida en sociedad. No ese teatrillo que vemos y oímos a diario, esa alienación del concepto “política” que practican en las instituciones.

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Cartel de Castelao para el Referendo de Autonomía de Galiza (1936), donde ya se representaba la división del trabajo y los beneficios de la agricultura gallega.

Cuando hablo de soberanía, no lo hago metiéndome en discusiones de otra índole, de naciones y nacionalidades. El territorio de los sentimientos es muy libre, y cada uno puede y debe sentirse de dónde le venga en gana. Aquí hablamos de soberanía como una necesidad de supervivencia. Soberanía alimentaria, soberanía agrícola, soberanía industrial, soberanía energética. Entre otras.

En los últimos año hemos cedido nuestra soberanía en muchas parcelas, y los beneficios de ello han sido escasos (para nosotros): hemos cedido, por ejemplo, nuestra soberanía agrícola y ganadera a la Unión Europea (UE), que la utiliza de forma perversa. Y si no, que se lo vayan a preguntar a los ganaderos que tienen que vender la leche por debajo del coste de producción. Hemos cedido nuestra soberanía energética a grandes oligopolios, que no retornan los beneficios a los territorios de los que expolian energía. Hemos perdido, en resumen, la capacidad de decidir sobre lo nuestro, cediéndosela a gente que no está haciendo un uso responsable de ella. Y ha sido para ellos un negocio redondo. “La soberanía incomoda”, es un “obstáculo a saltar”, decía en 1971 Eduardo Galeano en su fabuloso Las venas abiertas de América Latina. ¡Y cuán vigente sigue!

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Una gestión sostenible del sector agrario y forestar puede traer numerosos beneficios a nivel regional. Foto: Diego López Barreiro

Una gestión alternativa de la biomasa como catalizador del cambio social

No tenemos una respuesta a día de hoy a cómo solucionar los problemas de escasez de energía a los que nos enfrentaremos, ni cómo alimentaremos las bocas de una población en aumento , con unos territorios cada vez más consumidos y agostados. El suministro energético del futuro muy probablemente no vendrá de una sola fuente, sino que será un mix de energías. Y no hay ninguna mejor o peor que la otra: las necesitamos a todas, y hay que mimarlas y, sobre todo, desarrollar las tecnologías para su aprovechamiento. Y hoy hablaremos de una de ellas: la biomasa. Y cómo una gestión alternativa puede cambiar la realidad social.

La Tierra recibe del sol en una hora más energía de la que consume en un año. Esa energía puede usarse de muchas maneras, y una de ellas es almacenarla, como hacen las plantas al crecer. Reciben luz solar, y almacenan alrededor de un 1% de la energía de esa luz al hacer la fotosíntesis y capturar el CO2 de la atmósfera. Y la utilidad de la biomasa es que está hecha mayoritariamente de carbono, al igual que el petróleo. Y carbono es lo que necesitamos para producir, entre muchas otras cosas, biocarburantes.

Puede resultar confuso que queramos reducir las emisiones de CO2, y a la vez estemos desarrollando biocombustibles que al quemarse emitirán de nuevo CO2 a la atmósfera. La diferencia entre quemar petróleo y quemar biomasa es que la biomasa capturó previamente CO2 de la atmósfera para crecer. Al quemarse, emitimos un CO2 que ya había estado en la atmósfera, y que será usado en pocos años por nuevas plantas para crecer. Por tanto, estamos en un ciclo cerrado de carbono, al contrario que con el petróleo, que libera a la atmósfera CO2 que llevaba almacenado milenios bajo tierra.

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El desarrollo de tecnologías de aprovechamiento de la biomasa requerirá inversiones sostenidas en investigación. Foto: Diego López Barreiro

Hay diferentes formas de obtener energía a partir de biomasa. La más sencilla es quemarla, pero puede, mediante otros procesos químicos o biológicos, convertirse en (bio) etanol, diésel, oil, gas… Todo depende del proceso elegido, y de la composición de la biomasa utilizada. Además de energía, proporciona un coproducto con tanto o más valor incluso: los nutrientes que la biomasa fija al crecer, y que podrían reutilizarse para fertilizar la tierra y hacer crecer nueva biomasa. Eso sin contar con que las células de la biomasa son verdaderas factorías químicas de una gran eficiencia, capaces de producir bioplásticos, colorantes, complementos nutritivos, compuestos farmacéuticos…

Bien, contado así es una historia muy bonita. Y sin embargo, seguimos sin usar la biomasa en la forma y cantidad que deberíamos: los procesos de conversión de la biomasa no están plenamente desarrollados, y requieren todavía un alto grado de estudio e investigación, aunque su eficiencia se haya incrementado enormemente desde que los seres humanos dominamos la biomasa como primera fuente de energía. Además, no debemos dejarnos engañar: la bioenergía debe obtenerse en el mismo sitio donde se produce la biomasa. De nada sirve quemar en España pellets importados, por el consumo de combustible que representa esa importación (por mucho que los mercados digan que es económicamente rentable). Estaríamos quebrando el primer principio que debemos obedecer: la sostenibilidad. Es decir, que sea biomasa no quiere decir que sea bueno. Todo depende del contexto. Tampoco conviene perder de vista que esta aventura no consiste en cambiar todo para que todo siga igual: no se trata de (ni será posible) reemplazar todo el consumo de combustibles fósiles con biocombustibles. La solución al problema no vendrá sólo de la mano de la bioenergía. Otras fuentes renovables serán necesarias, y sobre todo jugarán un papel decisivo la eficiencia y el ahorro energético.

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Algunos tipos de biomasa pueden, en pocos días, fijar grandes cantidades de CO2 y nutrientes. Foto: Diego López Barreiro

Otro tema de relevancia ética es qué tipo de biomasa utilizar, porque estamos entrando en el terreno de la disputa “alimentos versus combustible”. Es moralmente reprobable cultivar biocombustibles en terrenos que deberían usarse para producir alimentos. Es por ello que sólo la biomasa no comestible puede ser usada para producir biocombustibles. Pero no hay que preocuparse, las posibilidades de elección son amplias: tenemos plantaciones y residuos forestales, tenemos algas, tenemos residuos agrícolas…

El hecho de que las tecnologías de aprovechamiento y conversión de la biomasa no hayan alcanzado su madurez es, paradójicamente, nuestra gran suerte y nuestra gran oportunidad. Si tomamos conciencia de la importancia de utilizar la biomasa adecuadamente, podríamos obtener una fuente de energía que sería, además, autóctona (ojo con las especies invasoras), local, descentralizada. Y estaríamos así recuperando soberanía sobre nuestra energía y sobre nuestra tierra, revitalizando al mismo tiempo el rural. Cometeríamos un lamentable error si permitiésemos que grandes oligopolios copasen el negocio de la bioenergía para, al igual que con el petróleo, volver a alejar los centros de riqueza de los centros de generación. Necesitamos retener para nosotros el control sobre el desarrollo de esta fuente renovable. Nos va mucho en ello.

Junto al reto tecnológico, nos enfrentamos también a un reto social. Resulta evidente que la biomasa de una simple finca no bastará para calentar nuestra casa y mover nuestros vehículos, y tampoco que cada uno podrá instalar una biorrefinería en el patio trasero de su casa. El uso eficiente de la biomasa va a requerir del esfuerzo colectivo de propietarios de la tierra, y el desarrollo de un sentimiento social y compromiso. Habría que diseñar entidades de territorio que permitiesen una gestión adecuada de la biomasa, de tamaño reducido (probablemente de dimensiones similares a una comarca actual). Esas entidades podrían centralizar la recogida de residuos forestales o agrícolas aprovechables (los no necesarios como sustrato biológico para fertilizar el suelo y mantener sus condiciones de humedad), y utilizarlos para obtener energía y nutrientes. Eso redundaría inevitablemente en unos bosques más cuidados, y con menor riesgo de incendios. Un bosque que, mejor gestionado, permitiría también generar mayor riqueza. Sirva como dato el estudio publicado en 2013 por la Fundación Barrié de la Maza sobre el uso del monte gallego, que estimaba que una gestión adecuada del mismo tendría un impacto positivo de 2700 millones de euros.

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El uso eficiente de la biomasa requerirá del desarrollo de un sentimiento social y de compromiso comunal. Foto: Diego López Barreiro

Cooperación, por tanto. Ése es el único camino que nos permitirá cambiar el modelo energético, gestionar autónomamente nuestros montes y nuestras fuentes de energía. Que no esperemos a que algún otro venga a solucionar nuestros problemas. Porque alguien lo hará, y seguramente sus intereses y los de la colectividad divergirán. Se trata de elegir si queremos pocas corporaciones ganando mucho dinero con energía contaminante, o si queremos una energía limpia, descentralizada, que genere riqueza donde se produzca. No nos equivoquemos:  no se trata de demonizar al empresariado. Para el empresario que arriesga su dinero, genera empleo y redistribuye riqueza, todas las facilidades del mundo. Pero para oligopolios que manipulan los mercados y expolian países y los despojan de sus medios de supervivencia, ninguna.

En el estado español ya hay varios ejemplos de cooperativas energéticas, grupos de gente concienciada medioambiental y socialmente que decidió asociarse para producir su propia energía, limpia, renovable, sostenible. Nombres como Som Energia, Nosa Enerxía, la comunidad vecinal de Xinzo (Ponteareas, Galicia) o GoiEner son historias de éxito, de gente que no quiso esperar a que las cosas cambiasen por si solas, sino que decidieron abanderar el cambio de modelo energético y empezar a generar su propia energía. Pero son sobre todo historias que nos demuestran que hay otro camino, apartado de la “verdad oficial”.

Por tanto, el proceso no es sencillo, y requiere cambios no sólo tecnológicos, sino también de conciencia social. Necesita que nos convirtamos por fin en individuos que ejerzan su ciudadanía de forma plena. Un acto de empoderamiento ciudadano auténtico. Se requerirán esfuerzos sostenidos en investigación, y una gran dosis de compromiso. Nadie dice que vaya a ser sencillo. Pero la recompensa es valiosísima, y el camino, apasionante. Sólo así llegaremos a saber si los altermundistas de Porto Alegre estaban en lo cierto cuando proclamaban aquello de “Um outro mundo é possível”.


Diego López Barreiro es investigador en el campo del aprovechamiento energético y sostenible de la biomasa en la Universidad de Gante (Bélgica) y en el Instituto Tecnológico de Karlsruhe (Alemania).


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